El pasillo de papel.
Era habitual llegar del colegio con mi padre y encontrarnos en la puerta de casa con un camino de papel de periódico para salvaguardar de huellas el pasillo recién fregado.
Era habitual también el cabreo de mi padre al no poder pasar convenientemente hasta el salón. Era imposible que no hubieras tenido tiempo antes para limpiar. Pero...
Papá trabajaba como comercial, representante de la fábrica de colas, barnices y adhesivos del primo de papá, el tío Juanito. Un hombretón de casi dos metros de altura por uno de ancho como tú y os llamabais Juanito y Enriquito, manda güevos.
Esta circunstancia hacía que papá tuviera uinas ganas enormes de llegar a casa a descansar y tú, que llevabas todo el día en casa, limpiando, ordenando, haciendo la comida, estuvieras deseando que llegara para salir a dar una vuelta aunque fuera a casa de tus padres.
Como siempre los polos opuestos se atraen y los del signo se repelen. Estabais hechos el uno para el otro.
Un amor tan incipiente sólo podría durar hasta que la muerte os separe. Desde tan temprana edad se forjan unos lazos dificiles de romper. Y vosotros, con vuestros altibajos, siempre salisteis adelante.
Besos
lunes, 10 de marzo de 2014
viernes, 7 de marzo de 2014
Arroz al horno
No te gustaba cocinar. Era una obligación de madre y esposa. Los lunes siempre arroz caldoso, con pollo, te salía buenísimo, pero era el de los lunes. Entrabas por la puerta después del cole y el aroma llegaba hasta la puerta. No había duda, no había cambios, el arroz caldoso de los lunes.
Te gustaba más limpiar. Nuestra casa era un monumento a la limpieza. No había lugar para una mota de polvo. Todo estaba en orden y en su sitio. La ropa perfecta, el aroma de tu hogar. Sin embargo, tampoco te gustaba planchar. Cuando necesitaba una camisa especialmente planchada, para no incomodarte, acababa planchandola yo mismo.
El suelo de casa, de puro granito -hasta su reforma por un porcelanico rojo alicante- te ví limpiarlo arrodillada, con un trapo a mano. Posteriormente fue con una fregona a modo de pinza en la que sujetabas el susodicho trapo. Una fregona que parecía un instrumento de tortura, con un mango de madera que me lanzaste a la cara y que acabó impactando en mi ojo en un arrebato por mi mala conducta mientras estabas ocupada en la limpieza, lo recuerdas? Sé que no.
Pero vamos al título de la entrada, el arroz al horno lo bordabas, era de premio, inconmensurable, tostadito el beicon encima de todos los ingredientes a modo de coronación del plato, en aquella cazuela de barro... qué bueno. Nunca he logrado acercarme a esa perfección.
Te quiero.
Te gustaba más limpiar. Nuestra casa era un monumento a la limpieza. No había lugar para una mota de polvo. Todo estaba en orden y en su sitio. La ropa perfecta, el aroma de tu hogar. Sin embargo, tampoco te gustaba planchar. Cuando necesitaba una camisa especialmente planchada, para no incomodarte, acababa planchandola yo mismo.
El suelo de casa, de puro granito -hasta su reforma por un porcelanico rojo alicante- te ví limpiarlo arrodillada, con un trapo a mano. Posteriormente fue con una fregona a modo de pinza en la que sujetabas el susodicho trapo. Una fregona que parecía un instrumento de tortura, con un mango de madera que me lanzaste a la cara y que acabó impactando en mi ojo en un arrebato por mi mala conducta mientras estabas ocupada en la limpieza, lo recuerdas? Sé que no.
Pero vamos al título de la entrada, el arroz al horno lo bordabas, era de premio, inconmensurable, tostadito el beicon encima de todos los ingredientes a modo de coronación del plato, en aquella cazuela de barro... qué bueno. Nunca he logrado acercarme a esa perfección.
Te quiero.
jueves, 27 de febrero de 2014
El tunel de la vida
Te costó parirme...
Sé que estuviste dos días de parto. Que era cabezón y que sufriste lo indecible. Que estaba muy calentito y cómodo dentro de tí. Que casi muere uno de los dos. O los dos. Que mi padre estaba histérico intentando encontrar una solución. No sé... creo, que incluso me pusieron una inyección en el corazón... en fin, que fue duro.
Pero ya sabes que todo lo bueno cuesta. Y yo soy muy bueno, bueno de verdad, demasiado bueno.
Uno de mis sueños más recurrentes es mi imposibilidad para pasar por un agujero en una montaña, pasar por un tubo, pasar por un sitio estrecho... debe ser por el difícil tránsito que tuve para pasar el canal del parto.
Viene a mi memoria el aroma de la ropa de cama recién puesta y eso besos de madre que me dabas para arroparme y reconfortarme. Tanto me arropabas, que me sujetabas la ropa de la cama con unas pinzas especiales con el ánimo de que no me destapara. Hasta que un día equivoqué el sentido de la orientación y me fuí metiendo hacia los pies de la cama y no encontraba la salida. Otro trauma, hasta que llegaste al galope para salvarme del peligro, como siempre.
Gracias
Sé que estuviste dos días de parto. Que era cabezón y que sufriste lo indecible. Que estaba muy calentito y cómodo dentro de tí. Que casi muere uno de los dos. O los dos. Que mi padre estaba histérico intentando encontrar una solución. No sé... creo, que incluso me pusieron una inyección en el corazón... en fin, que fue duro.
Pero ya sabes que todo lo bueno cuesta. Y yo soy muy bueno, bueno de verdad, demasiado bueno.
Uno de mis sueños más recurrentes es mi imposibilidad para pasar por un agujero en una montaña, pasar por un tubo, pasar por un sitio estrecho... debe ser por el difícil tránsito que tuve para pasar el canal del parto.
Viene a mi memoria el aroma de la ropa de cama recién puesta y eso besos de madre que me dabas para arroparme y reconfortarme. Tanto me arropabas, que me sujetabas la ropa de la cama con unas pinzas especiales con el ánimo de que no me destapara. Hasta que un día equivoqué el sentido de la orientación y me fuí metiendo hacia los pies de la cama y no encontraba la salida. Otro trauma, hasta que llegaste al galope para salvarme del peligro, como siempre.
Gracias
miércoles, 26 de febrero de 2014
Galletas
Recuerdas cuando me sentabas en el banco de la cocina, en la encimera, para darme las galletas picadas, trituradas a mano, bien mojadas en la leche?
Cuántos años tendría, tres o cuatro?
Y aquellas novenas que me preparabas sin que yo me enterara. La yema del huevo dentro del desayuno, la leche y las galletas, siempre tenían un sabor distinto que yo apreciaba y que tu te afanabas en negar. Tenía que ir al cole bien alimentado.
Yo miraba como fregabas los cacharros de la cena y me detenía especialmente en como retorcías el secamanos o la bayeta para dejarlo lo más seco posible.
Ah que no se me olvide, no me podría casar hasta que supiera cortarme las uñas de las dos manos...
Analizaba tus movimientos, miraba como hacías la comida intentando no molestar para que no me enviaras al salón.
Bueno y aquellos calcetines largos casi hasta la rodilla, porque el frío del invierno... amorataba las piernas!!
Por qué no nos pondrían pantalones largos...?
Me bajabas al portal de casa para subir al autobús del colegio. Era espectacular, un cacharro impresionante que me alucinaba. El cambio de marchas, largo, desde el suelo hasta la mano del chófer, bastante separada, y con un movimiento bamboleante, tremendo.
Algunos niños íbamos sentados en la cubierta del motor, que estaba en la parte interior, al lado del conductor, sobre una imitación de piel... supongo.
Por supuesto sin cinturón, sin medidas de seguridad, que probablemente no necesitábamos porque las velocidades eran muy bajas, relajadas.
Mañana te recordaré un poco el colegio al que me llevabas en preescolar, los parvulitos, las monjas Trinitarias.
Besitos grandes
martes, 25 de febrero de 2014
Mamá.
Hoy el cielo es gris, pero no hace frío.
Me gusta decirte mamá.
Hoy, cuando preparo unas tostadas para mi hija, viajo en el tiempo hasta mis cuatro o cinco años. El aroma del pan recién tostado, en aquellas mañanas de hace tantos años que, antes de ir al colegio, tú me preparabas, asalta mis recuerdos.
Sentado en la mesa camilla del comedor, mirando por la ventana del octavo piso, esperaba la llegada de las rodajitas de pan con mantequilla.
Recuerdas aquel suéter de cuello alto, de poliester, frío y húmedo con el que me vestías en las mañanas valencianas para ir a clase. No me olvido.
Hoy no me olvido. Por eso, quiero decirte tantas cosas, que las voy a ir escribiendo en estas pequeñas cartas para que cuando empiece a perder la memoria, permanezcan en la nube y alguien las pueda leer.
La memoria esa gran maldición para los que ya no la tienen.
La memoria esa gran bendición para los que todavía la conservamos.
Tu ya la has perdido, pero con mis cartas voy a intentar recuperar algunos de nuestros pequeños momentos.
Qué momentos aquellos en los que después del cole, mientras hacía los deberes o merendaba a tu lado oíamos juntos las novelas de la radio del gran Guillermo Sautier Casaseca. Sólo recuerdo el nombre del autor, pero para mi es suficiente.
Qué grandes momentos del día a día vivimos. Los echo de menos, te echo de menos, mamá
Te escribo mañana. Besos.
Hoy el cielo es gris, pero no hace frío.
Me gusta decirte mamá.
Hoy, cuando preparo unas tostadas para mi hija, viajo en el tiempo hasta mis cuatro o cinco años. El aroma del pan recién tostado, en aquellas mañanas de hace tantos años que, antes de ir al colegio, tú me preparabas, asalta mis recuerdos.
Sentado en la mesa camilla del comedor, mirando por la ventana del octavo piso, esperaba la llegada de las rodajitas de pan con mantequilla.
Recuerdas aquel suéter de cuello alto, de poliester, frío y húmedo con el que me vestías en las mañanas valencianas para ir a clase. No me olvido.
Hoy no me olvido. Por eso, quiero decirte tantas cosas, que las voy a ir escribiendo en estas pequeñas cartas para que cuando empiece a perder la memoria, permanezcan en la nube y alguien las pueda leer.
La memoria esa gran maldición para los que ya no la tienen.
La memoria esa gran bendición para los que todavía la conservamos.
Tu ya la has perdido, pero con mis cartas voy a intentar recuperar algunos de nuestros pequeños momentos.
Qué momentos aquellos en los que después del cole, mientras hacía los deberes o merendaba a tu lado oíamos juntos las novelas de la radio del gran Guillermo Sautier Casaseca. Sólo recuerdo el nombre del autor, pero para mi es suficiente.
Qué grandes momentos del día a día vivimos. Los echo de menos, te echo de menos, mamá
Te escribo mañana. Besos.
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