viernes, 7 de marzo de 2014

Arroz al horno

No te gustaba cocinar. Era una obligación de madre y esposa. Los lunes siempre arroz caldoso, con pollo, te salía buenísimo, pero era el de los lunes. Entrabas por la puerta después del cole y el aroma llegaba hasta la puerta. No había duda, no había cambios, el arroz caldoso de los lunes.

Te gustaba más limpiar. Nuestra casa era un monumento a la limpieza. No había lugar para una mota de polvo. Todo estaba en orden y en su sitio. La ropa perfecta, el aroma de tu hogar. Sin embargo, tampoco te gustaba planchar. Cuando necesitaba una camisa especialmente planchada, para no incomodarte, acababa planchandola yo mismo.

El suelo de casa, de puro granito -hasta su reforma por un porcelanico rojo alicante- te ví limpiarlo arrodillada, con un trapo a mano. Posteriormente fue con una fregona a modo de pinza en la que sujetabas el susodicho trapo. Una fregona que parecía un instrumento de tortura, con un mango de madera que me lanzaste a la cara y que acabó impactando en mi ojo en un arrebato por mi mala conducta mientras estabas ocupada en la limpieza, lo recuerdas? Sé que no.

Pero vamos al título de la entrada, el arroz al horno lo bordabas, era de premio, inconmensurable, tostadito el beicon encima de todos los ingredientes a modo de coronación del plato, en aquella cazuela de barro... qué bueno. Nunca he logrado acercarme a esa perfección. 

Te quiero. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario