lunes, 10 de marzo de 2014

El pasillo de papel

El pasillo de papel.
Era habitual llegar del colegio con mi padre y encontrarnos en la puerta de casa con un camino de papel de periódico para salvaguardar de huellas el pasillo recién fregado.

Era habitual también el cabreo de mi padre al no poder pasar convenientemente hasta el salón. Era imposible que no hubieras tenido tiempo antes para limpiar. Pero...

Papá trabajaba como comercial, representante de la fábrica de colas, barnices y adhesivos del primo de papá, el tío Juanito. Un hombretón de casi dos metros de altura por uno de ancho como tú y os llamabais Juanito y Enriquito, manda güevos. 
Esta circunstancia hacía que papá tuviera uinas ganas enormes de llegar a casa a descansar y tú, que llevabas todo el día en casa, limpiando, ordenando, haciendo la comida, estuvieras deseando que llegara para salir a dar una vuelta aunque fuera a casa de tus padres.

Como siempre los polos opuestos se atraen y los del signo se repelen. Estabais hechos el uno para el otro.
Un amor tan incipiente sólo podría durar hasta que la muerte os separe. Desde tan temprana edad se forjan unos lazos dificiles de romper. Y vosotros, con vuestros altibajos, siempre salisteis adelante.

Besos

viernes, 7 de marzo de 2014

Arroz al horno

No te gustaba cocinar. Era una obligación de madre y esposa. Los lunes siempre arroz caldoso, con pollo, te salía buenísimo, pero era el de los lunes. Entrabas por la puerta después del cole y el aroma llegaba hasta la puerta. No había duda, no había cambios, el arroz caldoso de los lunes.

Te gustaba más limpiar. Nuestra casa era un monumento a la limpieza. No había lugar para una mota de polvo. Todo estaba en orden y en su sitio. La ropa perfecta, el aroma de tu hogar. Sin embargo, tampoco te gustaba planchar. Cuando necesitaba una camisa especialmente planchada, para no incomodarte, acababa planchandola yo mismo.

El suelo de casa, de puro granito -hasta su reforma por un porcelanico rojo alicante- te ví limpiarlo arrodillada, con un trapo a mano. Posteriormente fue con una fregona a modo de pinza en la que sujetabas el susodicho trapo. Una fregona que parecía un instrumento de tortura, con un mango de madera que me lanzaste a la cara y que acabó impactando en mi ojo en un arrebato por mi mala conducta mientras estabas ocupada en la limpieza, lo recuerdas? Sé que no.

Pero vamos al título de la entrada, el arroz al horno lo bordabas, era de premio, inconmensurable, tostadito el beicon encima de todos los ingredientes a modo de coronación del plato, en aquella cazuela de barro... qué bueno. Nunca he logrado acercarme a esa perfección. 

Te quiero.